Uno de cada tres niñ@s sufre estrés infantil

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Por Mª Ángeles Sánchez psicóloga infantil de Crecer Gabinete de Psicología Infanti

Se define al estrés como “La situación en la que se produce un desequilibrio entre las demandas internas y/o externas, los recursos y las características personales percibidas para hacerles frente”. Los seres humanos han convivido y conviven con el estrés, al igual que otros mamíferos, como estímulo constante por lo que este puede entenderse como un fenómeno adaptativo necesario para la supervivencia.
Existe un estrés norma o asumible, que dinamiza nuestra conducta y pone en marcha nuestros mejores recursos o posibilidades para hacer frente a las demandas y un estrés patológico o que nos provoca malestar, que surge cuando el individuo no puede o no hace frente a estas demandas lo que le lleva a que se vea afectada su salud, tanto a nivel físico como psicológico. Esto lleva a que ante el mismo acontecimiento diferentes personas puedan percibirlo como estresante o no, dependiendo de las características, recursos personales del individuo y de los recursos del entorno de que disponga. En resumen, las demandas hacen aparecer el estrés cuando las exigencias son mayores que las capacidades para afrontarlas.
En el caso de los niñ@s definiríamos el estrés como “La falta de respuesta adecuada del niñ@ a las exigencias de la vida diaria” y puede ser provocado tanto por cambios positivos como negativos. El estrés infantil puede tener su origen en factores externos (los acontecimientos de fuera sobrepasan las propias capacidades del niñ@) o en factores internos (según se perciba a sí mism@ y al mundo que le rodea) y especialmente en la interacción entre ambos factores.
Para saber si nuestr@ hij@ puede estar sufriendo estrés tenemos que estar atentos a diferentes señales que podemos clasificar en físicas y emocionales. Las señales físicas incluyen:
•Disminución del apetito y otros cambios en los hábitos alimentarios
•Dolor de cabeza
•Empezar a mojar la cama o hacerlo frecuentemente
•Pesadillas
•Alteraciones en el sueño
•Molestia estomacal o dolor de estómago
•Otros síntomas físicos sin ninguna enfermedad física
Los síntomas emocionales o de comportamiento pueden incluir:
•Ansiedad o preocupaciones
•Incapacidad de relajarse
•Miedos nuevos o recurrentes (miedo a la oscuridad, a estar solo o a los extraños)
•Aferrarse al adulto, no querer perderlo de vista
•Rabia, llanto o gimoteo
•Incapacidad para controlar sus emociones
•Comportamiento agresivo o terco
•Regresión a comportamientos típicos de etapas anteriores
•Resistencia a participar en actividades familiares o escolares
L@s niñ@s aprenden a responder al estrés a medida que crecen y se desarrollan y los adultos debemos ser un buen ejemplo para ell@s y enseñarles a gestionar los cambios constantes que forman parte de la vida. Para ello debemos ser un buen ejemplo y tienen que ver que nosotr@s manejamos adecuadamente nuestros estados de ansiedad y estrés. Enseñarles maneras eficaces de resolver un conflicto o un problema así como el hacer frente a situaciones novedosas hará que dispongan de recursos para gestionar el estrés. También es necesario respetar el “ritmo del niñ@” y no someterle a demandas que le sobrepasan o que no son capaces de afrontar por falta de recursos propios, a prisas constantes o a innumerables actividades extraescolares que no les permiten disponer de tiempo para jugar o para relajarse.