Un largo pasillo con muchas puertas

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Hace años que imagino la vida como un largo pasillo con puertas a ambos lados. Un pasillo difuminado que no permite ver el final y unas puertas con una indicación sucinta de adónde llevan, pero sin que el destino sea seguro. Como ya imaginan, esas puertas son las decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida.

Concibo así la existencia porque creo que, a pesar de las incertidumbres, tenemos la posibilidad de ir cambiando nuestro destino. Si optamos por una puerta y no por otra, el resultado será diferente —puede que mejor, puede que peor—, pero sin duda distinto. En filosofía hay una corriente, el determinismo, según la cual todo fenómeno está prefijado de una manera necesaria por las circunstancias o las condiciones en que se produce y, por consiguiente, ninguno de los actos de nuestra voluntad es libre, sino necesariamente preestablecido. Siempre me resistí a aceptar que nuestra crónica esté escrita de antemano. 

Ciertamente, habrá acontecimientos que se nos escaparán de las manos, pero el grueso de nuestro camino lo marcamos nosotros al decidir qué acciones tomamos y cuáles despreciamos. Por eso, como reacción al determinismo, ideé mi teoría del pasillo con puertas. Con el tiempo la he ido madurando y he concluido que, de forma más o menos consciente, trazamos un plan de vida y elegimos las puertas según ese plan, que dota a nuestras decisiones de coherencia.

Esto lo traigo a colación para explicar “nuestro ciclo financiero”, que, como la vida misma, está lleno de incertidumbres; sin embargo, también está claro que nuestros ahorros dependen en gran parte de nosotros mismos, de las decisiones pasadas, presentes y futuras que vayamos tomando. Una decisión errónea restará y una acertada sumará. Así de dramático, pero a la vez así de simple. Y, ¡ojo!, lo matizo con un trabalenguas: incluyo como si fuese una decisión más la decisión de no tomar una decisión. Es más, quizá la peor decisión que podemos tomar en finanzas es la inacción con respecto a nuestro dinero.

Un ciclo, el financiero, que empezamos casi desde la cuna, pues hay padres o abuelos que lo primero que hacen después de registrar al niño es abrirle un plan de ahorro. Sabia decisión, pues nunca es demasiado pronto para poner a trabajar nuestros ahorros.

Aunque no pretendo ser proselitista, he de confesar que me encanta la campaña de comunicación de Banco Mediolanum en la que “el yo pasado y el yo futuro” hablan al “yo presente”. Me gusta no porque sea del banco con el que trabajo, sino porque resume bien mi idea del “pasillo con puertas” aplicado al ámbito financiero.

Piensen por un momento qué les diría su “yo futuro” en estos momentos, y poco importa si tienen 20 o 50 años: les confirmaría si están haciendo las cosas bien o mal. Ojalá nuestro “yo futuro” estuviese con nosotros en el pasillo, aunque por desgracia la experiencia (que es lo más parecido a nuestro “yo futuro”) nos llega cuando ya no la necesitamos. Sin embargo, nuestro “yo futuro” en finanzas tiene un sustituto perfecto: la estrategia.

Una estrategia que se debe adoptar pensando en cada momento de nuestra vida, pues un error común es creer que los ahorros solo sirven para la jubilación. Ciertamente son imprescindibles para esa etapa vital, pero también debemos cubrir otras necesidades a lo largo de nuestra juventud y nuestra etapa adulta. Hemos de costearnos nuestra formación, que nos servirá para poder generar ingresos futuros; pero también nuestra vivienda, el viaje de nuestros sueños, la educación de nuestros hijos y un largo etcétera de cosas.

Por eso, el “yo futuro” no debe necesariamente tener cara de anciano. El “yo futuro” de una persona de 20 años tendrá 40 años y le contará si está haciendo bien las cosas en función de cuántos objetivos haya podido cumplir. En definitiva, objetivos tenemos todos, pero no todos establecemos una estrategia financiera que nos permita llevarlos adelante.

La mayoría de los inversores confunden estrategia con táctica. Lo primero es un plan a largo plazo y lo segundo son todas las acciones necesarias para llevarlo a cabo. Muchos inversores consideran que con poner su dinero en tal o cual activo financiero (táctica) es suficiente; sin embargo, no tienen claro qué buscan con ese dinero, a qué lo dedicarán y, sobre todo, en qué plazos lo van a necesitar (estrategia).

Por lógica, la estrategia debe contemplar todas las etapas de nuestra vida. Por eso, cuanto antes la establezcamos, más objetivos seremos capaces de cumplir. Seguro que el “yo futuro” de una persona de 20 años le recomendaría pararse a meditar sobre la estrategia financiera que debe adoptar en esos momentos. Para establecer un plan que le sirva para todas las etapas de su vida, sin importar si puede dedicar mucho o poco dinero a dicho plan.

Pues este es otro error común. No importa el cuánto, sino el cómo y el cuándo. Un euro guardado con 20 años se puede multiplicar por varias o bastantes con el paso del tiempo y será una semilla valiosa. Pero, muy especialmente, será el embrión de un inversor disciplinado y metódico, esencia de toda buena estrategia financiera.

Para finalizar esta disertación un tanto filosófica, recurriré a un símil militar; en definitiva, estrategia y táctica son términos castrenses. Una y otra corren a cargo de profesionales: la estrategia la establecen los generales del Estado Mayor (que han tenido que hacer cursos específicos para ello) y la táctica, los oficiales que buscan la mejor forma de cumplir sus órdenes.

Aplicado a la inversión, todos sabemos cuáles son nuestros objetivos vitales, pero eso no implica que seamos capaces de diseñar un plan para alcanzarlos. Por este motivo conviene tener un compañero de viaje que nos oriente a la hora de establecer la estrategia y determinar las tácticas para llevarla a cabo. Lo que sí está en las manos de cada uno es elegir bien. Y aquí sí me permitiré el lujo de ser proselitista y romper una lanza en favor de los Family Bankers de Banco Mediolanum. ¿Por qué? Porque hay muchas formas de asesorar y, después años en el sector, puedo afirmar que no todo el mundo antepone los intereses de sus clientes. En nuestro caso, nosotros solo ganamos si nuestros clientes ganan, y esa es una buena tarjeta de presentación.