Qué hacer con mi dinero en tiempos revueltos

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POR JAVIER FANO_RESPONSABLE DE BANCO MEDIOLANUM EN ANDALUCIA

Últimamente, se escucha, se lee y se habla mucho sobre las tensiones que rodean a la economía. La realidad de los tipos de interés “cero” del Banco Central Europeo o las inesperadas bajadas dictadas por la Reserva Federal de los Estados Unidos en los últimos tiempos generan un clima de incertidumbre que desata multitud de comentarios en foros, tertulias y corrillos del sector. 

Ante esta situación, como suelen hacer habitualmente, los gurús de la economía se aventuran a predecir qué pasará en tres, seis o doce meses. Pero nadie, absolutamente nadie, tiene una bola de cristal. Ni tampoco es el caso de los gurús de las finanzas.

Nos empeñamos en buscar fórmulas mirando al pasado. Escudriñamos el retrovisor del mercado en busca de respuestas. Seguimos empecinados en buscar “el depósito rentable”, mientras la inflación devora nuestros ahorros.

Todo eso ya no vale, olvídense. No hay fórmulas ni recetas mágicas. Lo que sí puedo decir, por mi experiencia como asesor financiero, es que los productos considerados tradicionales, como los depósitos a plazo o las cuentas corrientes, han dejado de ser un valor seguro.

Hoy el camino para buscar una rentabilidad real de nuestro patrimonio es invertir. Y para eso debemos vencer aquello que los padres de las llamadas finanzas conductuales llaman “aversión a la pérdida”. Algunos se preguntarán qué es eso. Dicen los expertos en la materia que se trata de un sesgo o una trampa de nuestro cerebro por el que preferimos evitar una pérdida económica antes que la posibilidad de obtener una ganancia. Según explica el Nobel de Economía en 2007 Richard Thaler, ese sesgo nos conduce a sentir “dos veces más la desgracia de perder algo que la alegría de ganar eso mismo”.

Anteriormente, otro Nobel de Economía (en 2002) como Daniel Kahneman, curiosamente un psicólogo y precursor de la economía conductual, definió la aversión a la pérdida como “una fuerza gravitatoria que hace que nuestras vidas se mantengan cerca del punto de referencia”. Una especie de ‘Virgencita, que me quede como estoy’. Algo que, según Kahneman, hace que el matrimonio, el trabajo o el vecindario se mantengan estables. 

Llevados por ese argumento, nos comportamos de igual forma cuando pensamos en cómo invertir nuestros ahorros. Ante la incertidumbre siempre triunfa el inmovilismo. ¡Oiga, yo me planto! Y así, con una mirada cortoplacista, muchos ahorradores dejan aparcado su capital en cuentas o depósitos con escasa o nula rentabilidad y deshacen sus inversiones sin darles el tiempo necesario para que alcancen sus objetivos.

Hoy más que nunca, las recetas del pasado ya no sirven. El espejo del retrovisor refleja una realidad que ha cambiado. Y cuanto más tiempo mantengamos esa mirada miope, más nos costará ver que esas incertidumbres de los mercados de las que hablan las tertulias y las portadas de los diarios económicos pueden convertirse —cuando uno está ahorrando a largo plazo— en unas magníficas oportunidades para comprar a mejores precios. 

Al igual que sucede siempre, cómo, cuándo y dónde aprovechar todas esas bajadas dependerá de nuestras necesidades y de circunstancias personales. Y ahí es donde es muy interesante dejarse guiar por el consejo de un profesional de las finanzas.

Tomando de nuevo el hilo de la economía conductual, el Nobel Richard Thaler elaboró la llamada teoría de los nudges o pequeños empujones. No es otra cosa que una serie de pequeños impulsos que intentan modificar la conducta de las personas para que estas acaben tomando decisiones concretas acordes con sus intereses. 

En este caso, la figura de un asesor financiero, como los Family Bankers de Banco Mediolanum, puede actuar como un auténtico resorte que impulse y, al mismo tiempo, vele por la salud de nuestra economía, dándonos esos pequeños empujones de los que habla Thaler.

Junto a un asesor financiero es posible fijar objetivos, previo examen en profundidad de nuestras metas y anhelos. Nos permite elaborar juntos una estrategia y una planificación que respondan a las necesidades reales que surgen en cada una de las etapas de nuestro ciclo vital y financiero, tengamos 25 o 50 años. 

Muchas veces, quizás por un tema cultural, tendemos a pensar que el ahorro tiene como único destino final la jubilación. Y es evidente que se trata de una etapa capital de nuestras vidas, pero no podemos olvidarnos de las necesidades que se van presentando cuando somos jóvenes —ya sea nuestra formación, un coche o el primer alquiler de una vivienda—, pasando por las responsabilidades y las situaciones que toman protagonismo en la edad adulta. Hablamos de temas como la educación de nuestros hijos, la compra de una casa, un proyecto profesional o el cuidado de nuestros mayores.

Al final, somos las decisiones que tomamos. Así que lo que hagamos a partir de hoy influirá en etapas posteriores de nuestra vida. Pero, lejos de ponernos demasiado filosóficos, vale la pena tener presentes que existen claves para evitar que el ruido, la coyuntura económica o nuestros sesgos mentales condicionen nuestro bolsillo o nuestro futuro.

Hay pautas a tener en cuenta sobre cómo evitar poner todo nuestro dinero en un mismo instrumento financiero y no centrar nuestra inversión exclusivamente en lo cercano. De hecho, lo adecuado es todo lo contrario: aprovechar al máximo las posibilidades de la diversificación al anclar nuestras inversiones al empuje de la economía mundial. 

También podemos automatizar el ahorro derivando parte de nuestros ingresos como si se tratara de un recibo más. Y, especialmente, pensar que el ahorro es una carrera de fondo y que la solución más adecuada es invertir a largo plazo, huyendo de la tan instaurada cultura del pelotazo, que lleva a ir entrando y saliendo de la bolsa.

No sé si los nubarrones llegarán, pero de lo que sí estoy seguro es que si lo hacen pasarán y volverá a salir el sol. Nuestros sesgos y emociones intentarán jugarnos malas pasadas. Y, probablemente, nuestro programa mental nos llevará a buscar soluciones en patrones del pasado. Afortunadamente, un asesoramiento de confianza puede ayudarnos a abstraernos de los ruidos externos y anticiparnos para que cumplamos los retos de cada etapa vital en las mejores condiciones posibles.