La clave está en cómo se emplean

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Por Jaime García, Responsable de de Banco Mediolanum en la zona Sur
Por Jaime García, Responsable de de Banco Mediolanum en la zona Sur

Antonio Machado decía que “todo necio confunde valor y precio”. Un error que cometemos a menudo. Por ejemplo, en una tienda. “Deme el mejor”, decimos. Pero… ¿Cuál es el mejor? 

Para empezar, solemos fijarnos en alguna característica. Por ejemplo, en un secador de pelo, en la potencia de aire caliente. Así que, convencidos que es lo que buscamos, nos llevamos el de 2.500 vatios. Una vez en casa, nos dicen que ese calor nos quemará el pelo y que su potente corriente de aire nos enredará la cabellera. 

¿Cómo saber, pues, qué producto elegir? Lo sensato sería optar por el que se adapta a nuestras necesidades. Aplicado a un producto financiero, lo primero sería tener claro qué buscamos con él.

Hay quien cuando se jubila, piensa: invertiré mis ahorros en un piso en la playa. ¿Seguro? ¿Y qué hay de las necesidades que surgirán tras el retiro? Un pensionista necesita liquidez para cumplir sus sueños pospuestos o hacer frente a imprevistos.

¿Significa eso que debemos renunciar al piso? No, pero hay que analizar el precio del mercado y la oferta de la zona, la disponibilidad financiera del inversor, su edad o sus cargas presentes y futuras. Un piso es una inversión a largo plazo, ilíquida y su venta no suele ser sencilla.

La lectura es que, a cada edad, a cada necesidad, habrá que elegir una inversión individualizada, pues no hay productos milagrosos, solo soluciones bien escogidas. 

La elección debe ser meditada. Por eso es conveniente contar con un experto financiero que nos oriente sobre las características de cada opción. Hemos de fijarnos en elementos cómo la iliquidez si solo podemos destinar fondos a productos que no tengamos que utilizar a corto o medio plazo. Son, pues, una inversión a largo plazo.

Otro aspecto es la rentabilidad, teniendo en cuenta que las ganancias pasadas nunca son garantía de beneficios futuros. Sabemos que la renta fija suele ser menos rentable, aunque muy líquida, mientras que la variable puede ser más interesante, pero depende de los vaivenes de los mercados. Cada una se adapta nuevamente a necesidades a corto, medio o largo plazo.

El riesgo es otro factor determinante. Se asocia al beneficio, pero también a la complejidad en la inversión, a la incertidumbre y a la volatilidad. Por eso se recomienda el consejo de un profesional para invertir y hacerlo de forma diversificada para reducir esos riesgos. Todo ello teniendo en cuenta que cada perfil es un mundo y no vale para todas las etapas de nuestra vida.

Además, debemos conocer las características legales y fiscales de cada producto. Por ejemplo, cuándo se tributan —en el momento de consolidar las ganancias o al adquirir el producto—, si tienen desgravaciones y al tipo que tributan. 

Desde el punto del inversor, hay que tener en cuenta la disponibilidad de su dinero y su situación vital. Aunque se recomienden los fondos de inversión, cada uno es diferente y sirve para fines muy distintos, por lo que hay que conocerlos al detalle. Y recuerden la regla de oro: huir de los productos de moda que están en boca de todos.