Del DeLorean al Areópago

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Por Mª Dolores Caro Cals, abogada socia de RuaCals Abogados.
Por Mª Dolores Caro Cals, abogada socia de RuaCals Abogados.

Siendo febrero un mes donde ya superado el Blue Monday del mes pasado, vuelven a fluir los temas de rabiosa actualidad. Me van a permitir una pequeña licencia por ser una amante de la Historia en este Rincón del Derecho y transformándonos en anacoretas del momento, nos vamos a retirar a un concreto pasaje donde volver a los orígenes de la profesión que esta servidora ejerce desde hace ya casi dos décadas.  

Profesión que encuentra como inspiración las memorias, antecedentes y oratoria de asuntos que, aunque nada que ver con nuestros derechos y consideraciones actuales, llaman la atención por el enfoque tan colorista que grandes letrados han sabido aplicar en ellos. 

Ponemos en marcha nuestro DeLorean …El condensador de fluzo, fluzeando…, como decía el protagonista de la película y …. nos traslada a Grecia, concretamente al Areópago ateniense, (los juzgados de la época) y asistimos a un juicio 

Debemos aclarar que en la antigua Grecia regía una justicia popular, sin abogados. La figura del abogado como hoy se conoce, se diversifica en dos figuras: el orador y el logógrafo. Como había ocurrido en Egipto, en Atenas se prohibía la intervención de terceros por temor de que la persona más hábil en el arte de la oratoria pudiera seducir a los jueces.  En Grecia el tribunal estaba compuesto por ciudadanos elegidos por sorteo y las partes debían defenderse a sí mismas, de acuerdo con la ley de Solón.

Al jurado al que nos hemos referido lo denominaban Heliea y estaba compuesto por 6.000 ciudadanos varones, aunque normalmente sus miembros variaba según los temas a tratar.Todos eran elegidos por sorteo. Aquello debía ser caótico en todas sus formas, he aquí la consecuencia del ejercicio de la primera democracia libre y directa de la historia.

Para los griegos, el mejor sistema de descubrir la verdad entre dos personas era poniendo a una frente a la otra, dejando que cada una contará el asunto a su manera, aportando las pruebas que considerasen relevantes, sin permitir que un tercero interviniese. El llamado hoy en día careo.

En detrimento del sistema hay que aclarar que la actividad de defensa era un puro ejercicio de elocuencia por el que se trataba más de conmover que de convencer. Y como no todos los que tenían problemas legales habían nacido con el don de la oratoria, solían contratar los servicios de los logógrafos jurídicos, antecedentes directos de los actuales abogados, quienes, tras estudiar los casos, les daban forma y redactaban un discurso que luego, sus clientes memorizaban para exponerlo ante el jurado popular.

Cuando el acusado era una mujer, por su condición, ésta podía requerir del servicio de un orador. A pesar de que Atenas era una democracia no había igualdad entre hombres y mujeres. Como hubiera dicho George Orwell con ironía y sarcasmo, «los hombres eran más iguales que las mujeres». 

Es lo que ocurrió en uno de los juicios más conocidos de la antigüedad al que hemos comenzado este relato: el juicio contra Friné, una bellísima prostituta que fue acusada del delito de “impiedad” un delito que consistía en no respetar los ritos que se debían realizar ante los dioses y además una de las razones por las que el gran filósofo ateniense Sócrates había sido sentenciado a morir tomando cicuta. Frine, la cortesana estaba ahí porque, como contó Ateneo, “durante las festividades Eleusinas y las de Poseidón, a la vista de todos los panhelenos se quitaba el manto, se soltaba la cabellera y entraba en el mar”.

Friné fue defendida por Hipérides, uno de los grandes oradores del momento –y amante suyo, uno de los diez oradores áticos (considerados los mejores oradores y logógrafos de la antigüedad clásica). Hipérides no estaba logrando convencer al jurado. Con la vida de su defendida -y su propia reputación- en juego, tras terminar su discurso ante el jurado popular, un discurso altamente persuasivo trabajado y elaborado por Anaxímenes de Lampsacus, el mejor logógrafo, escritor jurídico de la época el cual trabajaba en colaboración de este, y no percibiendo que el jurado compuesto todo por hombres, se encontrase conmovido, tomó medidas extremas.

“…como no conseguía nada con su discurso y era probable que los jueces la condenaran, tras conducirla hasta un lugar bien visible y desgarrarle la túnica interior, dejándole el pecho desnudo, declamó sus lamentaciones finales ante la visión que ella ofrecía…”, cuenta el escritor Ateneo de Náucratis en “Banquete de los eruditos”.

“Ante tal deslumbrante belleza un cuerpo tan perfecto que únicamente podía ser obra de los dioses, argumentó. Sería una falta de respeto a ellos privar al mundo de esa obra divina.

¿Cómo iban a condenar a una mujer que era tan hermosa que representaba a la diosa Afrodita?

“…y consiguió que los jueces sintieran un respeto reverencial hacia la ministra y sierva de Afrodita, concediendo por piedad religiosa que no se le diera muerte”, dice Ateneo.

El veredicto fue absolutorio. 

En nuestro tiempo, el tiempo de la conquista de la igualdad y respeto de los derechos humanos, ese recurso hubiera sido impensable, es más hubiera sido un cúmulo delictivo que a todas luces el veredicto lejos de ser absolutorio hubiera revertido en nulidad de procedimiento por inconstitucional, vulnerando todas las libertades humanas, con unas cuantas deducciones de testimonio…. pero atendamos a lo metafórico del relato y como la historia ha evolucionado hasta nuestros días siendo en Roma, de la que España fue provincia, donde nació el oficio de abogado, tal y como se conoce en nuestros hoy.

“Finalmente, a los patricios romanos les correspondía la obligación de defender a los suyos ante los tribunales, pero el desarrollo de la ciencia jurídica llevó a encomendar a personas expertas en Derecho tal cometido.

Entonces, aparecieron los jurisconsultos, que eran los que evacuaban las consultas que se les hacían sobre cuestiones jurídicas, y los “oratores”, que eran los que informaban ante los tribunales.

De esa manera apareció en Roma, antecedente y fuente de la civilización occidental, un oficio vital hoy en día para beneficio de todos los ciudadanos.”