Consecuencias del Covid en la salud mental de niñ@s y jóvenes

0
219
Por Mª Ángeles Sánchez psicóloga infantil de Crecer Gabinete de Psicología Infanti

Desde el otoño de 2020, y especialmente desde los últimos meses, en España se han duplicado las urgencias psicológicas y psiquiátricas infantiles, los trastornos de conducta alimentaria —que son cada vez más graves—, los casos de ansiedad, trastornos obsesivo-compulsivos, depresión y las autolesiones e intentos de suicidio en niñ@s y adolescentes. También se ha incrementado la violencia sobre l@s menores, el maltrato y los abusos; y se ha disparado el consumo de pantallas en niñ@s y jóvenes.  

Y esto no ha hecho más que empezar ya que se estima que el número de casos aumente en los próximos meses como respuesta al estrés mantenido en el tiempo que está suponiendo las circunstancias tan excepcionales que tod@s estamos viviendo. 

La depresión infantil es una enfermedad psiquiátrica bastante frecuente y seria en niñ@s y adolescentes.  Antes de la pandemia las cifras señalaban que aproximadamente un 5%, o 1 de cada 20 niñ@s y adolescentes, tendrían un episodio depresivo antes de cumplir los 19 años. A raíz de la pandemia estas cifras se han disparado y, como señalaba antes, todavía queda por llegar lo peor. 

Sin embargo, la realidad es que menos de la mitad de est@s niñ@s y jóvenes reciben un tratamiento adecuado. Los estudios muestran que los progenitores suelen subestimar seriamente la intensidad de la depresión de sus hij@s y piensan que es cosa de la edad o que todas las personas pasamos por períodos de tristeza y l@s niñ@s también. 

Es cierto que, al igual que el resto de emociones, la tristeza es normal y saludable. Y lo es porque todas las emociones sirven para algo y cada una tiene una función, es decir, nos informan de algo. La tristeza es lo que sentimos cuando hemos perdido algo importante, ocurre alguna desgracia o algo nos decepciona. Podemos sentirnos sol@s, tenemos ganas de llorar e incluso nos puede resultar muy difícil contener las lágrimas. Esto es así porque la función de la tristeza es la de pedir ayuda y reflexionar sobre lo que nos ha ocurrido para poder así “digerirlo”.

Sin embargo, hay ocasiones en las que esta tristeza pasajera se convierte en permanente y hace que empecemos a sospechar que algo le pasa a nuestro hijo o nuestra hija. 

Algunas señales que pueden alertarnos son:

•Su estado de ánimo es irritable o triste la mayoría de los días 

•Tiene malhumor, cambios frecuentes en su estado de ánimo y se muestra agresiv@ 

•No muestra interés por las actividades con las que antes disfrutaba ni por las cosas que le rodean  

•Su apetito ha cambiado y tiene pérdida o aumento de peso o variaciones en el apetito 

•Su sueño es diferente ya que o bien tiene insomnio o sueño excesivo

•Se muestra muy alterad@ o agitado o por el contrario se ha vuelto demasiad@ lent@ 

•Está cansad@ o sin energía

•Se muestra indecis@ y le cuesta concentrarse o pensar con claridad y su rendimiento académico ha disminuido 

•Manifiesta sentimientos de culpa o de inutilidad y llora fácilmente

•Es muy negativ@ y difícil de complacer

•Tiene miedos y está como en alerta  

•Manifiesta sentimientos de culpa o de inutilidad y llora fácilmente

Si tu hijo o tu hija presenta más de uno de estos síntomas durante varios meses o es más reciente pero la intensidad de los mismos es muy grande deberías plantearte que ha llegado el momento de acudir a un o una profesional de la psicología para que explore qué está pasando y qué hacer.

De esta manera tu hij@ conseguirá comprender qué le sucede y aprenderá a controlar y superar el malestar que está viviendo en estos momentos. Así volverá a ser el niño o la niña que era antes y volverá a disfrutar de las cosas que le suceden como hacía antes y ganará confianza en sí mism@ y en sus posibilidades. Además, dejará de tener altibajos emocionales que no sabe controlar y recuperará su nivel de energía y su capacidad de concentración y decisión. 

La pandemia de COVID-19 ha alterado de forma drástica los modos de vida de nuestra sociedad y la población infanto-juvenil es y ha sido una población especialmente vulnerable a estos cambios viéndose afectado su desarrollo por el cierre de las escuelas, la limitación de las relaciones con iguales, la imposibilidad de realizar actividad física en el exterior y la pérdida de hábitos saludables de vida. 

Preservar los derechos de las niñas y los niños, su salud mental y su desarrollo integral, sin poner en riesgo la salud de la comunidad, es un reto social que tod@s debemos asegurar y salvaguardar y al que deben enfrentarse las autoridades competentes en materia sanitaria haciéndose imprescindible diseñar estrategias de protección de la población infanto-juvenil en el contexto de la actual crisis sanitaria.