Aguadulce, una visita obligada para pasear al aire libre

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Fotografía: Antonio Manuel Gordillo Vázquez

Aguadulce se ubica dentro de la Campiña sevillana, lo cual hace que pasear por la zona sea muy agradable al estar en pleno contacto con la Campiña. Además, puedes hacerlo caminando, en bicicleta, a caballo…, como prefieras.  Otro punto fuerte de Aguadulce es su gastronomía, probablemente, se deba a su dedicación por la agricultura. La mezcla de sabores y productos frescos que ofrece la zona es inmensa. Si eso lo mezclamos con la tradición y pasión por la gastronomía encontramos platos espectaculares.

Aguadulce se encuentra entre los núcleos de Osuna y Estepa, dentro de la Campiña sevillana.  Ocupa los terrenos que descienden desde las Sierras de Estepa y Yeguas, al este de la provincia, con una altitud de 265 metros sobre el nivel del mar y a casi 97 kilómetros de la capital provincial. El municipio lo conforman tres entidades de población, ya que al núcleo principal, se añaden los caseríos del Cortijo del Marqués y la Huerta del Colegio.

Este rincón sevillano destaca por la multitud de enterramientos, objetos y ruinas que han aparecido en su zona. Lo cual confirma su innegable e importante pasado romano. El paisaje de Aguadulce es muy característico, inconfundible por los olivos y huertas que la rodean. Precisamente sus huertas son populares por sus conocidas habas, entre otros productos. Aunque también podemos destacar sus alcachofas, tagarninas, morcilla, chorizo o su propio aceite de oliva. Y es que, Aguadulce ofrece una variedad enorme de productos gastronómicos que siguen una tradición y cultura histórica. Además, Aguadulce contiene una arquitectura típica sevillana que te enamorará.

Desde el Ayuntamiento de la zona nos relatan una historia popular de Aguadulce.  Cuentan que “el Cerro Real guarda en sus entrañas un cochecito de oro que espera pacientemente a ser descubierto por algún afortunado. Y a pesar de que también en este cerro se han desenterrado algunas hachas de las llamadas de talón, de la Edad del Bronce, la mayor parte de los hallazgos hablan de la existencia de una villa romana de considerable entidad según se deduce por la extensión en que siempre aparecieron dispersos los restos de sus construcción, cuyas dependencias de señorío, pabellones para esclavos, cuadras, graneros y almacenes cerrarían un gran patio central en consonancia con los caseríos de las grandes explotaciones agrícolas de tiempos del Imperio Romano” .

Desde el cabildo nos aseguran que otras villas surgieron presidiendo otras explotaciones aunque de ellas ya no quedan sino los esporádicos encuentros con objetos romanos en los villares de los Molinos, Cortijo Barra, Puerta, El Zorzal, El Indiano, la Carabinera, Corito, Las Marcas  y la Dehesa que debió ya tener población prerromana. Tanto la villa del Cerro Real, como las de la Dehesa y los Molinos debieron depender de la antigua Ipora, ciudad hispano-romana cuyo territorio fue sin duda bastante más extenso de lo que hoy se estima, sin tener en cuenta que todavía es Ipora la denominación oficial del cortijo de Los Naranjos, del mismo modo que el llamado de Los Vergaras fue hasta época no lejana Ipora la Baja; y partido de Ipora se llamó a todo el territorio encerrado entre aquellas tres fincas. En los llanos que rodean a Los Vergaras han aparecido en diferentes fechas numerosos enterramientos y otras ruinas, de igual modo que en Rompesquinas y en El Carmen en cuyo cortijo salieron a la luz al excavarse la sepultura de un guerrero con algunas armas y atributos, así como una bóveda semejante a un horno de alfarería.

Asimismo, destacamos la aparición de una bella cabeza de estatura romana, clásica representación de la diosa Minerva, tocada con casco, tallada en mármol blanco originaria del siglo II. Otra hermosa pieza romana es una cabecita marmórea representando al mítico dios del vino, Baco.

Tras la desaparición de Ipora a partir del siglo III con la crisis socioeconómica padecida por todo el imperio romano, que trajo consigo el debilitamiento del sistema esclavista en que apoyaban la explotación agrícola las poblaciones de este tipo, quedaría una pequeñísima agrupación de viviendas junto al arroyo, mantenida por las huertas tal como permanecía en tiempos de los visigodos. Y aún durante el dominio árabe en cuya época tomo la denominación de Al-wad-ul que significa Río Bueno, relacionado con la bondad del agua de su ribera.

En esta situación de modesta aldea se hallaría cuando el rey Fernando III el Santo, con la toma definitiva de Estepa, en 1240 desplazó de la comarca a los árabes que ya no retornarían a esta tierra sino en dos ocasiones y de un modo provisional: en 1447 en el que el caudillo Aben Osmín se paseó por ella, y en 1642 en que repitieron la correria obligando a los habitantes de aldeas y casas de campo a correr precipitadamente a refugiarse tras los muros de Osuna y Estepa que no cayeron.

Y a la villa de Estepa ligó Aguadulce su historia en lo fundamental, primero formando parte de una encomienda de Santiago, a raíz de la donación que en 1267 hizo el Rey Sabio a aquella orden militar, y después como lugar componente del estado marquesal de Estepa, desde que la princesa Juana de Portugal, en nombre de su hermano el rey Felipe II, vendiera en 1559 la antigua encomienda a Adán Centurión, noble asentista genovés. Por este último año no pasaba Aguadulce de ser una pequeña agrupación de casas formada en torno a la frondosa huerta y junto al providencial arroyo, origen de ellas.

A principios del siglo XVII todas estas pequeñas entidades de población experimentaron un notable crecimiento, sucediéndose entonces las concesiones de solares de viviendas hechas por el cabildo estepeño. A este momento debe Aguadulce la construcción de gran parte del norte de la calle grande en su tramo principal o más antiguo, algunas de cuyas casas tienen escrituras que datan de 1615.

A estos años debe también el pueblo su despegar de cortijada a aldea. Después de 150 años, en el tercer cuarto del siglo XVIII solo contaba con 33 casas aunque muy bien aprovechadas al dar albergue a 46 familias. Ya para aquel entonces había aparecido en la cartografía e incluido por el célebre geógrafo Tomás López en su Plano del Reino de Sevilla de 1761. Más tarde, en el siglo XIX llegó un acelerado crecimiento poblacional.

En cuanto a la denominación del pueblo, el documento impreso más antiguo data del siglo XVII, en el que aparece escrito Aguadulce y en ocasiones en femenino La Aguadulce, quizás en recuerdo de una antigua denominación aún superviviente en 1710 en que se nombra al lugar como Partido de las Aguas Dulces. En 1845 en el diccionario de Madoz aparece Aguas-Dulces con guión. Definitivamente, la denominación se debió tomar de la presencia de aguas del arroyo de la Ribera como de los numerosos pozos de sus casas, todo un privilegio en una comarca salitrosa y caliza.

Sin lugar a dudas, Aguadulce reúne multitud de razones para ser visitada. Más aún en los tiempos que corren, ya que puedes pasear o practicar deporte al aire libre en sus rincones, disfrutar de su exquisita gastronomía y deleitarte de su historia mediante su arquitectura o huertos.